{ asincronía }

Termina el día. ¡Al fin!

Ella necesita liberar el exceso de energía acumulada simulando perfección y estoicismo, multitaskeando entre juntas, la frustración de ese almuerzo comido a medias, los nuevos pendientes ya acumulados (¡se me va la vida!) y esas ganas de morder al que retrasó su llegada en la mañana por usar elevador para sólo subir un piso. Responde el último email desde el móvil antes de acostarse.
Suspira. Empieza a platicar.

Él tampoco tuvo un día fácil. Lo recibieron tarde en dos reuniones y eso le prendió fuego a su agenda (¿para qué me tomo la molestia de confirmar?), peor aún, no llegó a tiempo a renovar el pequeño contrato con el segundo parquímetro. En fin. Sólo quiere dejarlo atrás.
Suspira. Cierra los ojos.

Bueno, le cuento mañana.
Fin.

Si viven en una asincronía entre la necesidad de conexión emocional venusiana y la masculina pulsión de desapego orientado al descanso y renovación, ¿qué carencias se van generando?

¿Qué nivel alcanza la insatisfacción progresiva?

¿Qué tan amplia puede llegar a ser la Y que cada noche se bifurca un milímetro más?

Y, ¿por qué no lo notan hasta que están tan lejos el uno del otro que al estirar las manos ya no se alcanzan?

Ya son distintos.

¿Fueron las cosas que no nos dijimos o las que dijimos de más por no conocernos a profundidad?

Termina el día. ¡Al fin!

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